Juliana, Leandro y Fernanda, tres historias que enriquecen la escuela

miércoles, 1 de diciembre de 2010

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Jualiana, Leandro y Fernanda recibirán sus diplomas en diciembre próximo. (Foto: F. Guillén) Jualiana, Leandro y Fernanda recibirán sus diplomas en diciembre próximo. (Foto: F. Guillén)

Fernanda Monfrini tiene 19 años, Juliana Riva 18 y Leandro Polola 20. Los tres recibirán en los primeros días de diciembre su diploma de aprobación de la escuela secundaria común. Los tres "son excepciones" que vencieron prejuicios educativos y sociales que les decían que "no iban a poder". Apoyados por sus padres, profesionales, buenos docentes y un cariño eterno de sus compañeros demostraron que padecer síndrome de Down ya no es excusa para avanzar hacia una escuela inclusiva.
"Estoy esperando el llamado de mi novio", responde Juliana cuando se la invita a dejar su cartera sobre una de las mesas para estar más cómoda. Y efectivamente está pendiente del llamado de Agustín.
Eso no le impide estar de lleno en la nota, y hasta por momentos darle indicaciones al fotógrafo. No tarda en confesar que lo que más va a extrañar de su colegio, como cualquier estudiante, es a sus compañeros. Y enseguida empieza a nombrarlos uno a uno.
Juliana termina el 5º año en el Colegio Misericordia (Oroño y San Luis). El 3 de diciembre recibe su título con una gran fiesta. Pero su carrera de estudiante no termina aquí: ya fue a averiguar para inscribirse en la tecnicatura que ofrece la Escuela Superior de Artes Visuales (Alem y Gaboto). "Voy a empezar con ganas, enseñan fotografía, dibujo, cerámica, todo lo que a mí me gusta hacer". Lo mejor: la institución pública le da la bienvenida y abre así otro capítulo en la historia de la diversidad educativa.
Músico y escritora
Leandro quiere que lo ayuden a bajar unas escaleras. Pero sabe hacerlo solo. "De puro capricho", dice su mamá pidiendo que lo dejen y mientras espera en otra sala que termine la entrevista.
Leo —como lo llaman— cursó el secundario en la Escuela Cristiana Evangélica Argentina (Ecea) de Salta al 2300. "Me gusta tocar la batería", cuenta y enseguida aclara que quiere ser músico. También que en sus ratos libres prefiere correr por el parque Urquiza.
"Lisandro, Nicolás, Micaela, Priscila, Marcos, Pablo..." y sigue la lista de nombres que enumera cuando la conversación se extiende a los compañeros de clase.
La hermana de Fernanda pide unos minutos. Saca delineador de ojos y un lápiz labial. "Fernanda es muy coqueta", comenta mientras la maquilla porque sabe que vendrá la foto grupal.
Y es así. Fernanda es un manojo de dulzura. Habla suave y pausado para relatar que le encanta aprender "lengua y literatura". No es raro que anticipe entonces lo que planea para su futuro: "Me regalaron una notebook. Ahí escribí muchos cuentos, porque quiero ser escritora".
Durante la visita a su escuela, Nuestra Señora de Guadalupe (Alberdi al 300 bis), el programa de colación de grado que se deja leer sobre un escritorio adelanta los nombres de las alumnas y alumnos que se gradúan en 5º año. Entre ellos, como uno más, está el de Fernanda.
El mismo diploma
"La certificación de aprobación del secundario es la misma que la de todos los chicos. No hay diferencias", confirmaron a La Capital, desde el Ministerio de Educación de Santa Fe sobre el título que recibirán Juliana, Leandro y Fernanda.
¿Y cómo lo lograron? El primer paso lo dieron los padres asegurándoles una atención temprana, de mano de especialistas como psicopedagogas y maestras integradoras. El siguiente la escuela común —con sus límites y virtudes— que los reconoció primero como niños y luego como personas con una discapacidad intelectual.
El resto lo hizo la convivencia, la tolerancia y amor de los compañeros de clase, el aprendizaje diario de los docentes de saber que adaptando los contenidos a lo que cada uno podía responder, era posible superar obstáculos. Algo muy diferente a las clases estandarizadas. "Nadie nos preparó para esto", dirán una y otra vez.
"Como familia, el de Juli es un logro muy importante, vale su voluntad". La que habla es Marisa Bollatti, la mamá de Juliana. Repasa que los momentos más difíciles fue convencer a otros de las posibilidades de aprender que tenía su hija. Marisa es integrante de la Aisdro (ver parte). Como tal dice que para que el alcance de estos chicos no sigan siendo excepciones, depende del querer de las instituciones y de que el Estado cumpla con lo que marcan las normas que garantizan la educación inclusiva.
Pero si hay una convicción que dejan estas historias es que si bien las leyes amparan a los niños con distintas discapacidades, el salto mayor se da cuando se comprende que la inclusión es "un enriquecimiento" inconmensurable para la dimensión humana.
 
Fuente: Diario La Capital

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